Uno de mis directores favoritos es el neoyorquino William Castle, aquel al que denominan el maestro del terror de la serie B.
No es de mis favoritos por ser un gran director, que no lo fue, sino por su forma peculiar de dirigir imprimiendo a sus películas un tono desenfadado y jovial presente incluso en sus obras de “terror” que hace que te devores sin apenas darte cuenta cualquiera de sus largometrajes que, dicho sea de paso, rara vez superaban los 85 minutos.
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| Castle con su inseparable puro |
Castle se dio a conocer más por su labor promocionando sus películas que por su trabajo en la dirección de las mismas. Y, en esta faceta, sí fue todo un genio.
En la mayoría de sus películas podemos verlo al inicio hablándole al público, haciendo una introducción de lo que iban a ver, y algunas veces también al final. Al más puro estilo Alfred Hitchcock en sus series para TV. De hecho, muchos lo han calificado de imitador de Hitchcock y algo de eso hay, es cierto, pero Castle supo imprimir a sus películas un carácter propio que nadie más supo replicar.
Algunos lo tachaban de tramposo y tampoco iban muy desencaminados, puesto que su fuerte era el uso de los gimmicks (literalmente: trucos) para atraer al espectador a sus proyecciones. Pero no hacía uso de estos trucos con ánimo de engañar, ya que el público se deja traicionar una vez, pero no dos, sino como un modo de interactuar con el espectador creando así una experiencia única. Así pues, la gente seguía acudiendo a sus estrenos, que eran todo un acontecimiento, precisamente por estos trucos, que eran la esencia de sus películas. Un divertido juego para los espectadores, con los que Castle buscaba tener esa complicidad.
Algunos de sus gimmiks pasaban por parar la película justo antes de la escena final mostrando en pantalla un segundero en cuenta atrás con su voz en off que decía algo así como “Esta es la pausa del cobarde. Si cree que no va a poder aguantar el horror del final de la película, tiene menos de un minuto para abandonar la sala. Dese prisa, quedan 10 segundos… 5, 4, 3, 2, 1…”.
Otro ejemplo: proporcionar al público un “visor de fantasmas” indispensable para poder ver a los fantasmas que aparecerían en la película, invisibles para el espectador si no usaban el artilugio, que no era más que una lámina con papel celofán de dos colores, igual que el de las gafas 3D anaglíficas. El truco estaba en poner en las escenas un filtro de color donde los fantasmas apenas podían percibirse si no se aplicaba otro filtro de otro color externo, en este caso el papel celofán. Justo antes de cada escena donde aparecían los espectros, la película avisaba al público de que tenía que usar el visor. Si el espectador decidía que quería ver a los fantasmas, tenía que mirar a través de una de las ventanitas, creo que era la roja, pero si le daba miedo y no quería verlos, solamente tenía que mirar por la azul.
En otro caso, después de finalizar la película, aparecía el director dirigiéndose al público y pidiéndoles opinión sobre el final: “¿Creen que el final está mal? ¿El villano debió haber tenido un mayor castigo? En sus asientos tienen un cartel como éste (con el dibujo de un puño con el pulgar extendido). Si creen que el final está bien así, levanten el cartel con el pulgar hacia arriba, si creen que no, hagan lo mismo con el pulgar hacia abajo…”. Evidentemente, Castle no podía saber lo que el público votaría, pero fingía hacer un recuento entre los espectadores para finalmente ofrecer el final verdadero (y único), pero haciendo sentir al público que ellos lo habían escogido así.
Hay muchos más trucos en sus films, pero lo voy a dejar en estos tres ejemplos.
Eso sí, quisiera destacar que todas estas jugadas maestras de Castle se mantienen hoy día en sus ediciones en formato doméstico, bien sea DVD o Bluray, así que, si os hacéis con una copia de “Los 13 fantasmas (1960)”, aseguraos de disponer de unas gafas 3D anaglíficas o, al menos, un poco de papel celofán rojo y azul. En el caso de ver esta película en formato digital (Filmin la tiene en su catálogo, junto con otras 5 suyas), no podréis disfrutar de este efecto, ya que se ha tratado la imagen para que los fantasmas se vean siempre sin necesidad de filtros externos.
Opino que William Castle tuvo cuatro fases significativas en su carrera (al menos yo la divido así):
Una primera fase bastante poco atractiva que se desarrolló entre 1943 y 1947, donde operaba entre el drama, el cine romántico y el cine negro (sobre todo este último), donde destacaron títulos como “The Whistler (1944)” y sus secuelas.
Una segunda fase entre 1948 y 1957 donde coqueteó mucho con el western y con alguna cinta de aventuras, repitiendo otros géneros de su primera fase, pero en menor medida. Aquí se podrían destacar cintas como “Undertow (1949)”, “Crimen en Hollywood (1951)” o “El americano (1955)” con Glenn Ford. Pero tampoco es una etapa demasiado buena y nunca se habría hecho un nombre de seguir por estos derroteros.
Después llegó una gloriosa tercera fase entre 1958 y 1965 donde Castle se encontró a sí mismo y su faceta más explotable: El terror o, más bien, “terror”, ya que mucho miedo no metían.
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| ¿No es un encanto? |
Es en esta fase donde podemos encontrar su etapa de gimmiks o trucos y sus títulos más emblemáticos como “Macabre (1958)”, “Escalofrío (The Tingler)” y “La mansión de los horrores (House on Haunted Hill)”, ambas con Vincent Price y ambas de 1959, “Los 13 fantasmas (1960)”, “El Barón Sardonicus (1961)”, donde el guion era una mezcla entre “Drácula” y “El fantasma de la ópera”, “Homicidio (1961)”, un descarado intento por exprimir el éxito de “Psicosis (1960)” de Hitchcock, “13 chicas aterrorizadas (1963)”, que se vendió como una cinta entre el terror y el thriller de espionaje pero que era más bien una especie de película de Marisol pero sin las canciones y con una trama de espías de por medio donde había más comedia infantil que cualquier otra cosa, “La vieja casa oscura (1963)”, que es un remake de “El caserón de las sombras (1932)”, “Amor entre sombras (1964)”, también conocida como “Caminante nocturno” y, para finalizar esta etapa, dos películas con la grandiosa Joan Crawford: “El caso de Lucy Harbin (1964)” y “Jugando con la muerte (1965)”.
Por último, su cuarta fase, desde 1966 y hasta el fin de su carrera como director en 1974 donde, aparte de probar suerte con la comedia y con un único film de ciencia ficción “Project X (1968)”, Castle casi se arruina y acabó dedicándose más a la producción de series de TV y de otras películas, entre ellas “La semilla del diablo (1969)”, la cual quiso también dirigir, pero el estudio le impuso a Polański (menos mal). Igualmente, solamente por haberla producido (hipotecando su casa para pagar los derechos de la novela), fue el film que lo salvó de la ruina.
Ya que también hay muchos que denostan la obra de este director, para el que todavía dude de la influencia real que ha tenido, decir que hay tres famosos directores que se han declarado seguidores de William Castle y que, de un modo u otro, han querido homenajear su carrera.
El primero de ellos, el controvertido John Waters (Pink Flamingos, 1972), que, en honor a Castle, estrenó su película “Polyester (1981)” anunciando que podría verse en formato “Odorama”, es decir, que podría “olerse” la película. Para ello repartió tarjetas que había que usar en determinados momentos de la película y que emanaban diversos olores, desde perfume, cuero y gasolina, hasta el olor de una flatulencia. Un truco muy atribuible a Castle.
Otro de sus fans declarados es el gran Joe Dante (Gremlins, 1984), el cual filmó “Matinee (1993)” donde el personaje de John Goodman era una especie de versión de Castle y sus gimmiks.
Y, por último, nuestro querido Robert Zemekis (Regreso al futuro, 1985) que, homenajeando a William Castle, fundó la productora “Dark Castle Entertainment”, encargada de devolver a Hollywood películas de menos presupuesto, pero con esa esencia, e incluso produjo dos remakes de obras de Castle: “House on Haunted Hill (1999)” y “13 fantasmas (2001)”, ambas adaptaciones de novelas de Robb White.
Si has llegado al final de este post, primeramente, gracias por tu paciencia. Y, en segundo lugar, quería compartir contigo esta foto con la selección de 11 films que he hecho de la obra de William Castle para mi colección de películas. Y digo una selección, primero porque no me gustan todas sus películas y prácticamente solamente salvaría su tercera etapa y, segundo, porque tampoco todos sus films están editados en formato doméstico.
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| Mi colección de películas de William Castle |
Así pues, estas son las 11 películas de este director que quería en mis estantes y con ellas doy por finalizada mi colección de la filmografía del maestro del terror de la serie B, William Castle.





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