26 julio, 2021

Polanski y Tate II: Rituales y embarazos


Si el cine de Roman Polanski siempre ha ido marcado por la intrusión, la difícil o imposible escapatoria y los roles de dominación y sumisión, la siguiente película del director sería el sumun de la cohesión de todos esos conceptos, aderezados por las prácticas ocultas del satanismo, un tema que en la década de los 60 vivió un gran auge como símbolo contracultural, a menudo dentro del movimiento hippie, pero también del artístico.

 

El bebé de Rosemary

Hollywood se preparaba para producir la adaptación al cine de una novela de Ira Levin que apuntaba a éxito si se ponía en las manos correctas. Aunque se le había ofrecido dirigir la película a Alfred Hitchcock, éste la rechazó, quedándose los derechos de la producción la compañía del mítico director y productor de cine de terror de serie B, William Castle, quien quiso dirigirla y lo hubiese hecho, de no ser porque el productor de Paramount Pictures, Robert Evans, que financiaba la cinta, se lo quitase de la cabeza, escogiendo finalmente a Polanski para dirigir “La semilla del diablo” (1968). Aunque Castle, que acostumbraba a aparecer en todos sus films dirigiéndose al público en un prólogo y un epílogo, no desaprovechó la oportunidad de hacer un cameo en el film, como fue el del señor que espera en la cabina telefónica a que la protagonista acabe su llamada.

William Castle en "La semilla del diablo"

La película trataría sobre un joven matrimonio que se muda a un edificio presuntamente encantado, donde la exageradamente amable comunidad de vecinos, casi todos mayores, los recibe sospechosamente bien y cubriéndolos de atenciones, lo cual hace las delicias del marido, pero no de la bella esposa, que nota que algo no anda bien. Después de un extraño sueño donde ella siente estar siendo poseída sexualmente por alguien o algo que parece el mismo diablo, la mujer empieza a sentir auténtica paranoia, sobre todo cuando se entera de que está embarazada y todos, vecinos y esposo, sobreprotegen al futuro retoño mucho más que ella misma, a la que intentan convencer de que todo está en su cabeza y que está enloqueciendo.

la inquietante vecina de la pareja

No voy a hablar aquí del final, aunque dudo que quede alguien que no lo haya visto o que no sepa de él, incluso sin verlo, pero el tono desesperanzador de su desenlace deja un sabor de boca turbio, como si el director aprobase las prácticas satánicas y que el triunfo de estas supusiera para él un final feliz. Precisamente este final dio lugar a innumerables especulaciones sobre la orientación religiosa de Roman Polanski, siendo tachado por algunos de satanista. En cualquier caso, lo importante de este argumento para la historia real de Polanski y Tate podría resumirse en que una joven y hermosa mujer embarazada se convierte en el objetivo de una secta satánica, mientras su marido, que no es de ninguna ayuda, parece estar más del otro bando que del de su esposa.

cartel de "La semilla del diablo"

Sin papel, pero implicada

En julio de 1967 se inicia en Nueva York el rodaje de “La semilla del diablo”, cuyo título español, aparte de ser un spoiler en sí mismo, es mucho menos sugerente que su título original: “Rosemary’s baby” (“El bebé de Rosemary”). Un rodaje, finalmente, sin Sharon Tate interpretando a la protagonista porque, aunque Polanski la quería en el papel principal, nunca se lo propuso a la productora, esperando que fuesen ellos los que la tuviesen en cuenta. No lo hicieron y la escogida, a sugerencia de Castle, fue una maravillosa Mia Farrow de 22 años. Algo similar a lo que sucedió con el papel del marido, para el que Polanski quería a Robert Redford y que, por problemas del actor con la Paramount, lo acabó interpretando John Cassavetes.

Mia Farrow en una escena de la película

La elección de Farrow no impidió que Tate, que se sentía enormemente atraída por el proyecto, se involucrase en él de muchas formas. Asistía frecuentemente a las sesiones de rodaje y contribuyó con muchas ideas para algunas escenas clave, siendo su aporte más destacable la mítica secuencia de la fecundación de Rosemary. Incluso llegó a aparecer en la película mediante un cameo no acreditado, como una de las invitadas a la fiesta que se celebra en el film.

Sharon Tate en el set de rodaje del film

Un rodaje terrorífico

La filmación no fue fácil, empezando por las amenazas de muerte que recibía el productor William Castle y que aseguraban que el film estaba maldito y había traído la presencia de Satán a la Tierra. Además, los actores sufrían las exigencias de un Polanski crecido, ejerciendo de director tirano que se creía un genio y que tal vez sí lo era, pero uno totalmente carente de modestia y tacto. Tampoco ayudaron los problemas matrimoniales de Farrow con el cantante y actor Frank Sinatra, con el que llevaba apenas un año casada.

Frank Sinatra y Mia Farrow

Unos problemas que llegaron a afectar al rodaje cuando “La Voz”, que no soportaba que su esposa trabajase y pasase tiempo fuera de casa, enloqueció llegando a extremo de propinar palizas a Farrow, que más de una vez llegó marcada a las jornadas de rodaje, así como de insultar a Polanski, al que catalogó de “polaco inútil incapaz de encontrar su propio culo con las dos manos”. Sinatra incluso llegó a enviar al plató a su abogado para que le diese los papeles del divorcio a Farrow delante de todo el equipo, una maniobra de presión que estuvo a punto de funcionar cuando Mia casi abandona la película para volver a casa con su marido, pero Polanski la convenció de seguir rodando y dejar a Sinatra, así que la actriz firmó los papeles del divorcio.

"La Voz", compuesto y sin esposa

Mia Farrow, como Sharon Tate, era también una mujer insegura, pese a su talento y su belleza, que se sometía con cierta facilidad al dominio de los hombres capaces de encandilarla. El más claro ejemplo es que, años después, cuando Farrow ya formaba pareja con Woddy Allen, tuvo un encuentro con su exmarido Frank Sinatra durante el que se dice que concibió a Ronan Farrow, el hijo de la actriz que se parece escandalosamente a Sinatra y nada a Allen.

Frank Sinatra, Ronan Farrow y Woody Allen

Pero no solamente Sinatra la tenía sometida, sino el propio Polanski que, aparte de convencerla de terminar con su matrimonio solo para poder acabar su película, durante el rodaje le hizo pasar auténticas penurias, como cuando el guion decía que la preñada protagonista sentía antojo de comer carne sin cocinar y el director la obligaba a comer hígado crudo auténtico en interminables tomas y repeticiones.

Farrow comiendo hígado crudo real

Otra de las cosas en las que el director se extralimitó con la actriz, fue cuando la hizo cruzar sin mirar una avenida de Nueva York con mucho tráfico, durante el rodaje de una escena para la que el director no cortó el tránsito real con el objetivo de que pareciese más auténtico, haciendo que la actriz se jugase la vida bajo la premisa de que “¿quién va a atropellar a una mujer embarazada?”.

la actriz jugándose la vida entre el transito

Una serie de sucesos que, a cualquier actriz, la hubiesen hecho renunciar o, al menos, acabar muy mal con el director, pero en su caso acabó en una gran amistad que se basaba en la sumisión y fascinación de la actriz ante la figura del director.

 

El edificio de las malas artes

No se puede hablar de “La semilla del diablo” y de su rodaje sin mencionar el mítico y maldito Edificio Dakota de Manhattan (llamado edificio Bramford en la película) donde se filmaron los exteriores; un bloque de pisos situado en el número 1 de la calle 72, al oeste de Central Park, y que recibió su nombre gracias a que cuando se terminó de construir en 1884, en esa zona de la ciudad no había nada, con lo que la gente decía que desplazarse hasta allí era “como ir hasta Dakota” (territorio en la frontera con Canadá).

el misterioso Edificio Dakota

Un edificio en el que se habían cometido doce suicidios antes del rodaje del film de Polanski y en el que, según se dice, se escuchan sonidos extraños y se perciben olores inexplicables, todo ello derivado de su cualidad de edificio maldito, que se remonta a principios del siglo XX, cuando uno de sus inquilinos era Aleister Crowley, un practicante de la magia negra del que se cuenta que realizaba rituales satánicos en sus dependencias. También vivió en el bloque el actor Boris Karloff, del que se dice que realizaba sesiones de espiritismo en su apartamento y que, cuando murió, la gente decía ver su fantasma deambulando por el Dakota. Otro de los que se alojaron allí fue Gerald Brosseau Gardner, un brujo de la Wicca (sí, el mismo culto en el que se formó Sharon Tate para su papel en “Ojo del diablo”) que realizó en el bloque de pisos una serie de rituales mágicos para invocar presencias ocultas.

Aleister Crowley, Boris Karloff y Gerald Brosseau Gardner

Además de Boris Karloff, en el Dakota han vivido otras estrellas, como la pareja Jennifer López y Marc Anthony, Sting, José Ferrer, Alec Baldwin, Judy Garland, Steve Guttenberg, Paul Simon, Bono, Leonard Bernstein, Lauren Bacall o la pareja Yoko Ono y John Lennon, este último también víctima de la maldición del edificio, ya que fue a sus puertas, el 8 de diciembre de 1980, cuando el cantante salía de los apartamentos, donde el psicópata Mark David Chapman acribilló a balazos al cofundador de The Beatles causando su muerte. Curiosamente, el disco de 1967 del grupo de Liverpool titulado “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band”, contaba con Aleister Crowley, el mago negro y antiguo inquilino del edificio Dakota, entre los personajes ilustrados en su portada collage, considerado por el grupo como una de las personas que cambió el mundo.

portada del disco "Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band"

Pero lo que a mí me resulta realmente extraño es que, años después de rodar “La semilla del diablo”, Mia Farrow se atreviese a mudarse junto a su familia a un edificio de apartamentos de alquiler situado justo al lado del polémico edificio Dakota, sobre todo después de saber todas las desgracias que, tras el rodaje, les sucedieron a los que participaron en la película.

 

Un film maldito

La cinta recibió rápidamente el estatus de película de culto, pero pesaba más el otro calificativo, el de película maldita, y es que la tragedia se cebó con los integrantes de la producción.

Mia Farrow, después de sufrir los maltratos de Sinatra y tras un segundo matrimonio fallido con André Previn, junto al que adoptó a una niña surcoreana de nombre Soon-Yi, acabó casada con Woody Allen, solo para descubrir que éste le estaba siendo infiel con esa misma hija adoptiva de Farrow e hijastra de Allen, con la que ahora está casado. Aparte de eso, Mia, madre de cuatro hijos biológicos y de otros diez adoptivos, a lo largo de su vida ha tenido que enterrar a tres de ellos.

Soon-Yi y su padrastro y a la vez esposo Woody Allen

Otra desgracia fue que, unos meses después del rodaje, el compositor de su banda sonora y habitual en las películas de Polanski, Krzysztof Komeda, que entonces tenía 37 años, sufrió un accidente de coche en Los Ángeles que le provocó un edema cerebral que acabó con su vida; curiosamente, uno de los personajes en la película también sufría un edema cerebral en la ficción.

Krzystof Komeda

Por su parte, el productor Robert Evans, después de terminar la película, entró en un declive profesional y personal, sufriendo tres infartos, siendo acusado de asesinato y acabando en un centro psiquiátrico por sus instintos suicidas, mientras que el otro productor, William Castle, sufrió un fallo renal al finalizar la producción que le ocasionó unos problemas de corazón que arrastró un tiempo hasta que, con 63 años, le acabaron provocando la muerte a causa de un infarto.

Robert Evans

Otro miembro de la película que también falleció joven, con 59 años, fue Cassavetes, que, aunque esto sucedió veinte años después del rodaje, falleció a causa de una extraña hepatitis para la que no encontraban explicación.

John Cassavetes

Pero de todas las tragedias que sufrieron los integrantes del equipo de la película, la más siniestra es la que aconteció en la vida del director Roman Polanski y de su esposa Sharon Tate veinte meses después del rodaje y que guardaba un escalofriante parecido con el argumento de la película.

 

La semilla de Polanski

Tras el rodaje de “La semilla del diablo”, que terminó en diciembre de 1967, Roman y Sharon vivían una relación en la que el director seguía fiel a sus principios sobre la monogamia, es decir, le era infiel a su esposa constantemente y, además, con conocimiento de ella, que llegó a declarar "Tenemos un buen acuerdo: Roman me miente y yo finjo creerle". Aun así, en enero de 1968 viajaron a Londres para contraer matrimonio.

Polanski y Tate celebrando el día de su boda

Regresaron después a Estados Unidos, donde Sharon se unió al rodaje de “La mansión de los siete placeres” (1969), un film donde actuó junto a Dean Martin, Elke Sommer y Nancy Kwan, y en el que se hizo amiga de Bruce Lee, que trabajó como coreógrafo para las escenas de lucha y como entrenador personal de Sharon Tate.

Tate y Lee entrenando una coreografía durante el rodaje del film

Creció una gran amistad entre ella y Bruce Lee, que, junto a Steve McQueen y Jay Sebring, se convirtió en un fijo en las reuniones que organizaba la pareja durante un año plácido en el que pasaban los días de fiesta en fiesta y de celebración en celebración. Incluso se dice que, frecuentemente, Tate formaba parte de tríos sexuales con McQueen y Sebring que el mismo Polanski animaba a realizar, como buen negacionista de la monogamia en ambos sentidos.

En diciembre de 1968, la actriz quedó embarazada de Polanski y se mudaron a su nueva residencia de alquiler en Beverly Hills, concretamente a la mansión situada en el 10050 de Cielo Drive, un lugar de ensueño que acabó albergando la peor de las pesadillas.
el 10050 de Cielo Drive

Hasta el siguiente artículo de esta serie, os dejo con la foto de "La semilla del diablo" en DVD, perteneciente a mi colección.

17 julio, 2021

Polanski y Tate I: Bailando entre vampiros


El reconocido y prestigioso director Roman Polanski ha tenido una vida plagada tanto por excelentes films de culto como por la más absoluta polémica. Tal vez lo más grave y significativo en esa vertiente sea, reconocido por él mismo, su gusto por las mujeres jóvenes, algunas menores de edad, y las acusaciones de abuso sexual a menores que cayeron sobre él, lo cual derivó en un exilio de Estados Unidos, donde no puede pisar desde hace más de cuarenta años si no quiere dar con sus huesos en la cárcel. Pero, sin ningún tipo de duda, lo más oscuro, siniestro y misterioso de todas las polémicas que rodean la vida del director, fue el trágico y turbio asesinato en 1969 de su esposa embarazada de ocho meses y medio, Sharon Tate, en su propia casa y a manos de una secta satánica, mientras el director se encontraba fuera del país.

Os hablaré de ello en esta serie de artículos, pero antes conozcamos a los protagonistas y sus trayectorias previas a la tragedia.

 

Polanski, el francés polaco

Polanski de niño
Nacido en París en 1933, hijo de judíos agnósticos polacos y criado en Cracovia, Roman Polanski vio como el Holocausto Nazi causó estragos en su seno familiar, que acabó con su madre ejecutada en la cámara de gas y su padre preso en un campo de concentración, quedándose sólo a la edad de nueve años, lo que no le impidió aficionarse al cine gracias a un proyector que intercambió por objetos que encontraba en la calle. Sin embargo, no tenía películas para proyectar, así que, rebuscando en la basura, pudo ir reuniendo fotogramas del primer largometraje que llegó a ver: “Blancanieves y los siete enanitos” (1937), una película que, a un director cuyos films siempre bordean el límite entre la realidad y la fantasía, le sirvió de gran influencia y, según el propio Polanski, la podemos ver reflejada en dos de sus primeras películas: “Repulsión” (1965) y “Callejón sin salida” (1966).

Andrzel Wajda
Tras la guerra, en mitad del régimen comunista y para eludir los tres años de servicio militar obligatorio, Polanski ingresó en la Escuela de Cinematografía de Lodz, lo que le sirvió para conocer al ahora galardonado director Andrzej Wajda y donde rodó un par de cortos mudos, algún documental y unos cuantos largometrajes. Allí conoció a su primera esposa, Barbara Lass, actriz en su película de final de carrera.

Su matrimonio estuvo plagado de infidelidades por parte de Polanski, alimentadas por su premisa de que la monogamia en ningún caso puede ser buena para la salud de una pareja y que genera un resentimiento latente que acaba arruinando la relación o, lo que es lo mismo, no quería serle fiel a su esposa y necesitaba un principio para justificarlo. Además, años después, el propio Polanski admitió que no se casó con Barbara por amor, sino simplemente por el gozo de poseer por esposa a una mujer tan hermosa.

Barbara Lass y Roman Polanski

Tras un año de matrimonio en Cracovia y otros dos en París, donde su esposa tenía varias ofertas de trabajo, Polanski regresó a Polonia para rodar la que sería su ópera prima: “El cuchillo en el agua” (1962), durante el rodaje de la cual, Barbara le escribió una carta pidiéndole el divorcio, y es que, ironías de la vida, ella le había estado siendo infiel en varias ocasiones, acabando enamorada de otro (o de otros).

 

El hombre que hizo cine, el cine que hizo al hombre

Para comprender al individuo, primero hay que comprender al director y viceversa. Y si hay dos cosas que fundamentan el cine de Polanski son, por un lado, su obsesión por las historias que se ubican en un espacio cerrado del que aparentemente no hay fácil escapatoria y, por otro, la irrupción de un elemento externo en la cotidianeidad de una zona de confort que llega para romper la calma y la rutina e imponer el caos. Pero hay un tercer fundamento, presente en los dos primeros, que considero el más importante en el estilo del director: el desarrollo de tramas que tratan el dominio de una parte y el sometimiento de la otra.

Polanski durante el rodaje de "El cuchillo en el agua"

Su ópera prima

“El cuchillo en el agua” nos ofrece como lugar sin escapatoria un barco en alta mar, donde un matrimonio en el que el marido es el dominante y la mujer la sumisa, tendrá como elemento ajeno a su entorno a un joven autoestopista al que casi atropellan con el coche antes de embarcar y al que invitan a pasar el día abordo para compensar las molestias. Nadie más que Polanski podría dirigir una película que incorpore todos estos elementos y que, una vez cohesionados, resulten en una muy buena obra de ritmo lento y suspense pausado, en la que la tensión se va apoderando del espectador con tanta flema como firmeza. Pese a la calidad que el film atesora, en Polonia no gustó ni a las autoridades ni a la prensa, cosa que complicó su distribución y, por ende, su llegada al público masivo, aunque tiempo después, tras su estreno internacional, ganó el Premio de la Crítica en el Festival de Venecia y fue nominada al Oscar a mejor película extranjera, que no ganó, pero que hizo que Polanski empezase a nombrarse en Hollywood.

carátula del DVD francés

La serie B que no lo fue

Gérard Brach
Su mujer lo acababa de dejar y su cinta no había tenido todavía su estreno internacional, por lo tanto, la película todavía no había dado frutos; así que, deprimido, sin esposa, sin dinero y sin trabajo, Polanski regresa a París y conoce a Gérard Brach, un guionista en paro con el que entabla una amistad que desemboca en la escritura del guion de una comedia absurda que nadie les quiso comprar. Sin embargo, el dúo logra financiación para un producto de terror de serie B que inmediatamente se pusieron a escribir para que Polanski lo dirigiese y que, muy a pesar de la productora, al final no resultó tan barato (ni tan malo) como ésta pretendía. Rodada en Londres, “Repulsión” (1965) se convirtió en la segunda película del director y, una vez más, contaba con muchos de los elementos que caracterizaban al cineasta.

Protagonizada por una esplendorosa Catherine Deneuve, la película es una radiografía de la esquizofrenia tan retorcida como deliciosa. En ella encontramos, como no podía ser de otra manera, un escenario cerrado donde se desarrolla la mayor parte de la historia, en este caso en un apartamento en el que una atmósfera opresiva sirve de vehículo para transmitir terror a través del retrato de una mujer sexualmente frígida que va enloqueciendo a medida que su odio a los hombres va creciendo.

Polanski y Deneuve durante el rodaje

De nuevo, aunque de forma menos explícita, encontramos los conceptos de dominio y sumisión y la eterna lucha entre ellos. Pese a los pocos recursos con los que contaba, Polanski logra un film excelente que gana el Oso de Plata en el Festival de Berlín, lo cual le abrió la puerta a poder rodar aquel guion cómico tantas veces rechazado.

cartel de "Repulsión"

La comedia más seria

El éxito de su anterior película le permitió desempolvar el guion que guardaba desde hacía dos años y que se tituló “Callejón sin salida” (1966), más conocido por su título original, “Cul-de-sac”. Un film en el que Polanski insiste en sus fundamentos básicos, presentando como escenario sellado un castillo en la costa británica en el que reside un matrimonio mediante el cual se nos ofrece la idea de dominio y sumisión, solo que en este caso intercambiando los roles entre la pareja, siendo la mujer, interpretada por Françoise Dorléac (hermana de Catherine Deneuve) la dominante y el excéntrico y afeminado marido, interpretado magistralmente por Donald Pleasance, el sometido. También incorpora el otro mecanismo recurrente en el cine del director, el del elemento externo, tercero en discordia, que llega para alterar la paz establecida, reflejado aquí mediante un gánster prófugo que se refugia en el castillo a la fuerza y que interpretó Lionel Stander.

Dorléac y Pleasance en una escena de "Cul-de-sac"

Aunque la película se plantea como una comedia absurda, ese tono es más bien una capa superficial, ya que persiste el deje recurrente del director, siendo su mano totalmente identificable a la hora de transmitir sensaciones profundas y oscuras que contrastan con el aparente género primordial del film.

 

El baile de Polanski

Tras el estreno de “Cul-de-sac”, el director se mudó a Londres, donde se entregó a una vida desenfrenada entre mujeres, discotecas y drogas, siempre sin despegarse de su colega Brach, junto al que coescribió el guion de la que sería su cuarta película y primera en color del cineasta: “El baile de los vampiros” (1967), una comedia de terror hoy en día considerada obra de culto que, aunque a todos los efectos sea una película británica, contaba con capital estadounidense proveniente de las arcas de la Metro Goldwyn Mayer, lo cual puso a film y a director directamente en el escaparate Hollywoodiense.

Roman Polanski y Jack MacGowran como la pareja de cazadores de vampiros

Para el reparto contó con un actor que había desempeñado un anecdótico rol secundario en su anterior film, Jack MacGowran, que aquí, en su papel de profesor loco, sería coprotagonista junto al propio Polanski, que se adjudicó el otro papel protagónico, el del tímido y torpe ayudante del profesor. El rol del antagonista sería para Ferdy Mayne como el conde vampiro regente del castillo, mientras que la damisela en apuros sería interpretada por una preciosa actriz que Polanski había conocido en las discotecas Londinenses y que hasta el momento solo contaba con tres films y una serie en su filmografía. Su nombre, Sharon Tate.

Sharon Tate y su peluca pelirroja en la famosa escena de la bañera

Sobra decir que en una película de vampiros, que tienen de por sí un poder hipnotizador que somete a sus víctimas antes y después de convertirlas, ya se cuenta con la presencia de uno de los temas favoritos del director como es el duelo entre dominio y sumisión, pero no solamente vemos esto a través del poder vampírico sobre sus víctimas, sino también mediante la propia relación de los protagonistas cazadores de vampiros, como son el profesor y su ayudante, así como en el matrimonio de los posaderos, que cuenta con un marido adúltero y una esposa autoritaria. A su vez, el castillo de los vampiros donde se celebra el baile y que cuenta con la pareja de protagonistas como invitados al principio y prisioneros al final, hace las veces de entorno cerrado, estableciendo así otra de las constantes del director, que cierra el círculo con el elemento ajeno que acaba con la hegemonía de la zona de confort y que aquí, inteligentemente, se refleja de forma invertida, siendo los protagonistas los extraños que irrumpen en el castillo y los vampiros los anfitriones que ven alterada su paz.

Ferdy Mayne como el Conde de Krolock

Una buena cinta que, pese a tener carencias, es siempre agradable y divertida de ver. Sin embargo, lo realmente importante de esta película para la carrera y la vida del director, más allá de haberle dado visibilidad en tierras estadounidenses, fue el hecho de iniciar durante su rodaje una relación con la actriz Sharon Tate, la que sería su segunda esposa y cuyo destino final cambiaría para siempre la vida del cineasta.

póster de "El baile de los vampiros"

 Sharon Tate, la belleza solitaria

Sharon Tate de niña
Nacida en Texas en 1943, hija de un coronel del ejército estadounidense y de una ama de casa, Sharon Marie Tate tuvo marcado el camino profesional desde que nació, ganando a la temprana edad de 6 meses el premio "Miss Tiny Tot of Dallas pageant", una especie de “Miss festividades de Dallas” para bebés. En su adolescencia ya participaba asiduamente en certámenes de belleza, ganando a los 16 años el título de “Miss Richland” y con la intención de competir al año siguiente en el certamen para “Miss Washington”, al que no pudo asistir porque su padre fue destinado a Italia, donde se instalaron; y es que, a causa del trabajo del militar, Sharon se mudaba tan frecuentemente que nunca pudo hacer amigos, creciendo como una chica introvertida, tímida y plagada de inseguridades pese a su deslumbrante belleza.

 

Primeros amores

Durante su estancia en Verona, estuvo compaginando los estudios con su trabajo como modelo fotográfica, con el que consiguió varias portadas en revistas. Tate comenzó también a aparecer como extra no acreditada en algunas películas, destacando siempre por su aspecto físico. El primero de esos films fue uno estadounidense que se rodó en suelo italiano: “Cuando se tienen veinte años” (1962), en el que actuaban, entre otros, Paul Newman, Ricardo Montalban, Susan Strasberg, Eli Wallach y Richard Beymer. Con este último mantuvo un romance que duró lo que tardó en finalizar el rodaje, pero Sharon lo añadió a su agenda y siguieron siendo amigos. No le iría mal un contacto en Hollywood.

Richard Beymer junto a la actriz

No fue hasta que regresaron a Estados Unidos en 1962 que la joven, ya instalada en Los Ángeles, logró tener un representante. Tras llamar a su nuevo amigo Richard Beymer, el actor le puso en contacto con su agente Harold Gefsky, que aceptó representarla también a ella y que, a su vez, le presentó al productor Martin Ransohoff, el cual le firmó un contrato de siete años con el que empezó rodando anuncios e interpretando pequeños papeles en series. Un periplo que la llevó a conocer al director francés Philippe Forquet, con el que llegó a comprometerse durante un destructivo noviazgo que acabó con Sharon ingresada a causa de sus heridas por los malos tratos que el cineasta le propinaba; un suceso que puso fin a la relación.

Philippe Forquet posando con Sharon

Al poco conoció al reconocido peluquero bisexual y estilista de la élite Hollywoodiense Jay Sebring, el cual se enamoró perdidamente de ella. Tuvieron un pequeño amorío hasta que él le pidió matrimonio y ella lo rechazó, alegando que el día que se casase dejaría de actuar y ahora quería centrarse en su carrera. Igualmente, siguieron siendo buenos amigos, tanto, que podría decirse que el peluquero se convirtió en el confidente de Tate.

Jay Serbing junto a Tate

En 1964, Sam Peckinpah le realizó a Sharon una prueba de cámara para la cinta “El rey del juego” (1965), pero no pasó el casting. El protagonista de la película era Steve McQueen, al que Sharon conoció durante las pruebas y con el que mantuvo una esporádica relación que derivó en una gran amistad. Curiosamente, dos años después, McQueen y Sebring se conocerían en el mítico local Whisky a Go Go de Sunset Strip, convirtiéndose a partir de ese momento, aparte de en estilista y cliente, en los mejores y más inseparables amigos.

Steve McQueen con Shaton tate y con Jay Serbing

 La modelo que logró ser actriz

Su timidez y su carácter retraído hicieron que le costase debutar en un papel importante, pero finalmente lo logró en 1965, cuando formó parte de un elenco estelar entre el que se encontraban Deborah Kerr, David Niven, Donald Pleasence y David Hemmings, para la película de terror “Ojo del diablo” (1966), que se rodó entre Londres y algunas localizaciones de Francia.

póster de "Ojo del diablo"

Su argumento trata sobre la práctica de un culto pagano relacionado con la brujería, conocido como la Wicca. Para prepararse para el papel, Sharon tuvo que iniciarse en dicho culto con la ayuda del Sumo Sacerdote y la Suma Sacerdotisa de la Wicca Alex y Maxine Sanders. Era como una premonición, ya que los cultos oscuros y las sectas paganas tendrían un papel determinante en el destino de la actriz. Por otro lado, y como curioso apunte anecdótico, el film, que nada tenía que ver con Polanski, trata el dominio que ejerce la bruja interpretada por Sharon Tate sobre los sometidos personajes de Niven y Kerr.

Tate interpretando a una bruja de la Wicca

Cuando Roman encontró a Sharon

Tras el rodaje, Sharon, que se quedó en Londres, comenzó a obtener visibilidad entre las grandes personalidades del cine y de la moda y comenzó a asistir a fiestas y discotecas frecuentadas por rostros conocidos. Fue en una de esas discotecas donde conoció a Roman Polanski, que le hizo una audición para su película “El baile de los vampiros” y que acabó escogiéndola para el papel, pese a que él tenía en mente a la pelirroja Jill St. John, lo cual generó que la rubia Tate rodase toda la película con una peluca bermeja. Un rodaje que originó que Polanski, de 33 años y ella, de 23, iniciaran un romance que culminó en una relación formal que llevó a Tate a mudarse al piso de Roman en Londres.

Sharon y Roman en una fiesta

Durante la filmación, el director le hizo a Tate algunos reportajes de fotos, totalmente al margen de la película, en los que la actriz aparecía desnuda o semidesnuda; unas fotografías que acabaron publicadas en la revista Playboy en 1967, algo que la puso en primera línea del panorama de actualidad y que Tate vio con buenos ojos, ya que fue apenas unos meses antes de los estrenos de “El baile de los vampiros” y de “Ojo del diablo”. Este último, pese a que se había estrenado en 1966 en Italia, no llegó a los cines de Estados Unidos hasta 1967 y a los del Reino Unido hasta 1968. Ella consideró, probablemente asesorada por Polanski, que su aparición en Playboy le proporcionaría una buena publicidad mediática.

una de las fotos tomadas por Polanski publicadas en Playboy

Fue por aquella época cuando la pareja regresó a Estados Unidos, donde Tate protagonizaría las películas “No hagan olas” (1967), con Tony Curtis, y “El valle de las muñecas” (1967), un film que la lanzaría al estrellato.

carteles de "No hagan olas" y "El valle de las muñecas"

Mientras tanto, Polanski preparaba su primera cinta totalmente estadounidense y, por lo tanto, su gran llegada a Hollywood. Era una película sobre sectas satánicas para la que él mismo había escrito el libreto basándose en la novela de Ira Levin. Un film catalogado de maldito que marcaría un antes y un después en su carrera y para el que el director quería a su novia en el papel principal.

La oscuridad se cernía sobre la pareja.


Mientras preparo la segunda parte de esta serie de artículos, dejo aquí las acostumbradas fotos de algunas de estas películas como parte de mi colección.

pack con "Cul-de-sac" y "Repulsión" y una edición de "El baile de los vampiros"

05 julio, 2021

Siempre será leyenda


A mediados de la década de los 50, el novelista Richard Matheson había escrito multitud de relatos cortos, pero de momento solo había publicado dos novelas, hasta que en 1954 lanzó una tercera, titulada “Soy leyenda” (1954).

El libro, que se desarrolla en un mundo postapocalíptico situado en la, por aquel entonces, futura década de los años 70 del siglo XX, ahondaba en las peripecias de Robert Neville, el único humano superviviente de una pandemia mundial, surgida tras una guerra bacteriológica que transformó en seres vampíricos a todos los vivos que resultaron infectados y en vampiros literales a los muertos, que resucitaron a causa de la bacteria. Neville, inmune al contagio, era, por lo tanto, el único hombre vivo del planeta Tierra.

Su narrativa, oscura y desesperanzadora, era a la vez intrigante y cautivadora, aunando a la perfección el suspense, el terror y la ciencia ficción, en una obra que dio la vuelta al mundo, convirtiéndose probablemente en la novela más exitosa de un autor que cuenta en su repertorio con otras del calibre de “El hombre menguante” (1956) o “La casa infernal” (1971).

Richard Matheson

Inevitablemente, cuando una novela se convierte en un éxito de ventas y pasa a ser un clásico, la industria del cine se apresura a hacerse con sus derechos de explotación cinematográfica, lo cual no siempre resulta en un buen producto, pero muchas veces sí, ofreciendo al espectador una gratificante, buena y nueva visión de la obra a través del Séptimo Arte.

Eso es lo que sucedió con “Soy leyenda”, que se adaptó al cine en varias ocasiones, con más o menos acierto, y de ello voy a hablar hoy.

 

El Neville que fue Morgan

Una década después de la publicación de la novela de Matheson, la productora American International Productions se hizo con los derechos del libro y, en una colaboración entre Estados Unidos e Italia, produjo un film llamado “El último hombre sobre la Tierra” (1964), que contó con Sidney Salkow y Ubaldo Ragona como la pareja de directores que se hizo cargo del film. El primero, con una dilatada carrera como director de películas, en su mayoría de aventuras o westerns, pero entre las que se podía encontrar también alguna cinta de ciencia ficción; el segundo, por el contrario, nunca había dirigido una película y nunca más lo hizo después de esta.

Para el papel principal, se escogió a un actor que llevaba casi treinta años dedicándose a protagonizar películas de terror y ciencia ficción, teniendo a sus espaldas varias decenas de films de esos géneros, siendo ya un rostro de sobras conocido para el espectador. Se trataba del gran Vincent Price, que estuvo acompañado por las bellezas italianas Franca Bettoia y Emma Danieli, así como por el también italiano Giacomo Rossi-Stuart.

Vincent Price en la película

El libreto de la película fue coescrito por uno de los directores, Ubaldo Ragona, que trabajó junto a Furio M. Monetti y William F. Leicester. A su vez, el cuarto implicado en el guion fue el propio Richard Matheson, autor de la novela, que no quedó demasiado contento con el resultado, debido a los cambios introducidos, además de no gustarle la elección de los directores e incluso de Price como protagonista del film. A causa de estas discrepancias, Matheson solicitó que no se le acreditase con su nombre, ocultándose bajo el seudónimo de Logan Swanson, que sí aparece en los créditos.

Sobre su participación en el film, Matheson declaró lo siguiente: “Me decepcionó la película, a pesar de que más o menos siguieron mi historia. Creo que Vincent Price, a quien amo en cada una de las secuencias que le escribí, fue un error. También sentí que la dirección era algo pobre. Simplemente no me importaba".

una de las vampiras de esta adaptación
Uno de esos cambios fue el del nombre del protagonista, que pasó de ser el Robert Neville de la novela a llamarse Robert Morgan en el film, pero no fue el único, destacando entre ellos la profesión del protagonista, botánico en la novela y científico en la película; la representación de los vampiros, ágiles y rápidos en el libro y prácticamente zombis en el film; el personaje del perro, que en la novela es un can tímido y asustadizo que aparece y desaparece de escena, mientras que el la cinta es el fiel e inseparable compañero del protagonista; o el final de la película, que difiere mucho del original del libro.

Pese a todo, “El último hombre sobre la Tierra” es una buena película de bajo presupuesto que, incluso teniendo una discreta acogida en el momento de su estreno, con el paso de los años ha ido ganando prestigio, situándose como una de las mejores versiones de la novela de Matheson, incluso para algunos la mejor, y que cuenta con una versión coloreada lanzada años después.

cartel de "El último hombre sobre la Tierra"

La desconocida española

Tres años después del estreno del film con Vincent Price, un estudiante español de cine llamado Mario Gómez Martín, que cursaba su último año en la EOC (Escuela Oficial de Cinematografía), escogió la historia de Richard Matheson para su película de proyecto de final de carrera. Con un guion coescrito por él mismo y Alfonso Núñez Flores, una fotografía en Blanco y Negro a cargo de Jesús Ocaña y una partitura para la banda sonora de manos de Pierre Henry, Mario Gómez rodó un mediometraje de 36 minutos titulado “Soy leyenda” (1967) y que (háganme caso) probablemente sea la mejor adaptación al cine de la novela original.

excelente fotografía de Jesús Ocaña

En el reparto se encontraban nombres desconocidos como Moisés Menéndez, Ana Castor, Ricardo Palacios, Elisa Ramirez o José María Resel, mientras que los medios para su realización eran los que eran, teniendo en cuenta que era la película de un estudiante, realizada con las herramientas que la proporcionaba la escuela. Pero nada de ello impidió que resultase un film sobresaliente y la más fiel adaptación de la novela de Matheson.

Moisés Menéndez como Robert Neville

Lo curioso de esta película es que, precisamente por su naturaleza de proyecto estudiantil y no de producto comercial, su existencia era desconocida por casi todo el mundo hasta el año 2020, momento en el que, por culpa del confinamiento domiciliario llegado a causa de la pandemia mundial de COVID-19, las salas de cine cayeron en desgracia por su desuso y surgieron infinidad de iniciativas alternativas a través de Internet.

Una de estas iniciativas fue la de la Filmoteca Española, que durante los meses de primavera de 2020 puso en marcha el proyecto “Doré en casa”, que se encargaba de poner a disposición de todo el mundo, a través de su página web, gratuitamente y por tiempo limitado, las proyecciones de copias restauradas de films salidos de su fondo de archivo, muchos de ellos, rescatados directamente de la EOC. Entre ellos se encontraba esta maravillosa obra de Gómez Martín, una joya oculta durante muchos años que recomiendo encarecidamente a todo el mundo que intente verla por todos los medios que tenga a su alcance.

fotograma del mediometraje con el título 

La apuesta comercial

En 1971, nadie había oído hablar de la versión española de Mario Gómez y hacía ya siete años de aquella producción italoamericana de Serie B que protagonizó Price, así que Hollywood decidió que era el momento de producir otra película que adaptase la novela de Matheson, esta vez con más presupuesto, en color y con una gran estrella en el papel principal. Llegó así “El último hombre… vivo” (1971).

Warner Bros había visto como tres años antes triunfaba una película de una productora que era su competencia directa, la 20th Century Fox. Se trataba de un film de ciencia ficción distópica en la que el panorama postapocalíptico había transformado el mundo tal y como lo conocemos y, además, había funcionado muy bien en taquilla. La película era de “El planeta de los simios” (1968) y su estrella protagonista era el actor Charlton Heston. Así que, sin más dilación, Warner contrató a Heston para protagonizar otro film que narraría las andanzas de un héroe a través de un mundo desolado y lleno de peligros.

Carlton Heston en el film

Boris Sagal se encargaría de dirigir la filmación del guion escrito por John William Corrington, Joyce Hooper Corrington y William Peter Blatty, mientras que el reparto que acompañaría a Heston contaría con los rostros de Anthony Zerbe, Rosalind Cash, Paul Koslo, Lincoln Kilpatrick o Eric Laneuville, entre otros.

Era una época en la que Estados Unidos estaba pendiente de la Guerra Fría contra el comunismo y en la que la amenaza de una guerra nuclear o bacteriológica era el centro de muchas conversaciones, así que el film se aprovecha de esto y contextualiza el origen de la pandemia en una guerra bacteriológica entre China y la URSS. Por lo demás, su argumento se aleja bastante del de la novela y bebe más de los conceptos de la versión cinematográfica de 1964 que del propio libro, resultando finalmente más un remake que una nueva adaptación.

el aspecto de los vampiros en esta versión

Pese a que es una película muy correcta, con buenas interpretaciones y realmente entretenida, es inevitable no ver la contemporaneidad de algunos de sus elementos, como pueden ser el vestuario, los escenarios o incluso el lenguaje, resultando un film de los que les cuesta envejecer bien. Eso no quiere decir que no sea una buena película y totalmente disfrutable, que lo es, ni que no haya quien la considere la mejor de todas las adaptaciones de la novela, que los hay, sin embargo, yo la colocaría unos escalones por debajo de las dos primeras, siendo la española la que queda por encima de las demás.

póster de "El último hombre...vivo"


El plagio anticipado

Más de tres décadas después del estreno “El último hombre… vivo”, ya en el nuevo siglo, Warner Bros todavía tenía los derechos de la novela y decidió retomar el proyecto de una nueva versión de la historia, uno que había iniciado en 1994 y que dejó congelado por problemas presupuestarios. Así pues, en 2006 inició la preproducción de una cinta adaptada a los nuevos tiempos y con un gran presupuesto, que se programó para ser estrenada en 2007. Algo de lo que se enteraron en la productora The Asylum, unos estudios expertos en producir “mockbusters”, es decir, films de bajo presupuesto que se dedican a plagiar grandes producciones, lanzando sus versiones no oficiales en las mismas fechas que las originales, con la finalidad de aprovechar su tirón comercial.

The Asylum cuenta en su extensa filmografía con productos como “Vampires vs. Zombies” (2004), que se encarga de plagiar a “Freddy vs. Jason” (2003); “King of the Lost World” (2005), que imita a “King Kong” (2005); “H. G. Wells' War of the Worlds (2005), copia de “La guerra de los mundos” (2005); “The Da Vinci Treasure” (2006), plagio de “El código Da Vinci” (2006); “Pirates of Treasure Island” (2006), imitación de “Piratas del Caribe: El cofre del hombre muerto” (2006); “AVH: Alien vs Hunter” (2007), un duplicado de “AVP2: Alien vs Predator 2 - Requiem” (2007)… y así con una larguísima lista de plagios que engrosan sus filas. Eso mismo es lo que hizo con la producción que Warner preparaba, anticipándose unos meses a su estreno, siendo lanzada el 18 de noviembre de 2007, directa a videoclub, bajo el título de “I am Omega” (2007).

algunos mockbusters de The Asylum

Aunque la película no es oficial, por carecer de los derechos, su argumento cuenta exactamente la misma historia: Tras una pandemia que ha hecho mutar a toda la población mundial, el último superviviente del planeta Tierra ha de enfrentarse a las peligrosas criaturas vampíricas que invaden ahora el mundo. Así pues, con escasa calidad, pésimos efectos especiales y unas interpretaciones lamentables de un reparto que contó con un montón de caras desconocidas, exceptuando a su protagonista, un desafortunado Mark Dacascos completamente venido a menos, The Asylum presentaba su propia versión no oficial de la novela de Matheson.

cartel de "I am Omega"

La más exitosa

Pese al lanzamiento del plagio, Warner Bros, todavía con su película inédita, no cambió en absoluto sus planes y siguió adelante con las fechas previstas para el estreno de la superproducción que adaptaría la novela de Matheson a la gran pantalla, 36 años después de que lo hiciera con la versión protagonizada por Charlton Heston. Había puesto en ella mucho esfuerzo y dinero, y tenía depositadas grandes esperanzas en su proyecto, así que el 11 de diciembre de 2007 llegó el estreno de la película, que, por primera vez desde aquella versión española dirigida por Mario Gómez, se tituló como la novela: “Soy leyenda” (2007).

Para interpretar a esta nueva y moderna versión de Robert Neville, se apostó por un actor de moda en ese momento, un rostro muy querido y muy conocido por todos: Will Smith. El actor no realizó la mejor de sus interpretaciones, pero es cierto que el film tampoco lo requería, así que podría decirse que estuvo a la altura de la película y de lo que el espectador podría esperar. Además, aprovechó para conseguirle un pequeño papel en la cinta a su hija Willow Smith, que por aquel entonces era solo una niña, y que formó parte de un escaso reparto que también contó con Emma Thompson.

Will Smith interpretando a Robert Neville

El libreto fue coescrito por Akiva Goldsmany y Mark Protosevich y, nuevamente, se aleja bastante de la novela, volviendo a retratar a Neville como un científico, en este caso un virólogo que trabaja para encontrar un antídoto, y al perro como su fiel compañero. Sin embargo, aquí los vampiros sí que se asemejan un poco más a los de la novela, siendo veloces y capaces de trepar por las paredes, algo que en el pasado no pudo plasmarse en los films, probablemente, por las carencias, tanto de su presupuesto, como de los efectos especiales de los que se disponía en la época. Por su parte, la pandemia aquí no es producto de una guerra bacteriológica, sino de un virus creado por el ser humano en un laboratorio y que originalmente iba a ser una cura para el cáncer.

los vampiros modernizados de esta película

Todo ello coordinado bajo la batuta del elegido para dirigir el film, que fue Francis Lawrence, un director de videoclips de grandes estrellas de la música que solamente había dirigido una película hasta ese momento: “Constantine” (2005), protagonizada por Keanu Reeves, que dirigió dos años antes. Pese a su inexperiencia, no lo hizo nada mal, ofreciendo una película totalmente comercial, pero muy entretenida y correcta en todos los aspectos.

La película fue todo un éxito, recaudando más de 585 millones de dólares en taquilla y convirtiéndose, no solo en la más exitosa de las adaptaciones de la novela, sino también en la más conocida para el público en general, sobre todo para los más jóvenes, de entre los que la mayoría desconocía la existencia de las anteriores versiones.

póster de "Soy leyenda"

Así pues, tras cinco películas estrenadas, la novela de Richard Matheson y la historia que contienen sus páginas, se ha convertido en uno de esos argumentos recurrentes y siempre agradecidos de adaptar a la gran pantalla, con lo que probablemente veremos más versiones en el futuro, en algunas ocasiones siendo más fieles a la novela y en otras más centradas en complacer al espectador, pero siempre manteniendo el hilo argumental que el novelista plasmó en las páginas de su libro, con lo que seguro que un día volveremos a ver en celuloide al solitario Robert Neville recorriendo durante el día los parajes de un mundo desolado, mientras por la noche se oculta de la amenaza de una población de vampiros que ansían acabar con el último hombre vivo sobre la Tierra.

Dejo una foto de las ediciones en formato físico que tengo en mi colección de todas adaptaciones de la novela de Richard Matheson, algunas de ellas autoeditadas, al no existir edición en España.