17 julio, 2021

Polanski y Tate I: Bailando entre vampiros


El reconocido y prestigioso director Roman Polanski ha tenido una vida plagada tanto por excelentes films de culto como por la más absoluta polémica. Tal vez lo más grave y significativo en esa vertiente sea, reconocido por él mismo, su gusto por las mujeres jóvenes, algunas menores de edad, y las acusaciones de abuso sexual a menores que cayeron sobre él, lo cual derivó en un exilio de Estados Unidos, donde no puede pisar desde hace más de cuarenta años si no quiere dar con sus huesos en la cárcel. Pero, sin ningún tipo de duda, lo más oscuro, siniestro y misterioso de todas las polémicas que rodean la vida del director, fue el trágico y turbio asesinato en 1969 de su esposa embarazada de ocho meses y medio, Sharon Tate, en su propia casa y a manos de una secta satánica, mientras el director se encontraba fuera del país.

Os hablaré de ello en esta serie de artículos, pero antes conozcamos a los protagonistas y sus trayectorias previas a la tragedia.

 

Polanski, el francés polaco

Polanski de niño
Nacido en París en 1933, hijo de judíos agnósticos polacos y criado en Cracovia, Roman Polanski vio como el Holocausto Nazi causó estragos en su seno familiar, que acabó con su madre ejecutada en la cámara de gas y su padre preso en un campo de concentración, quedándose sólo a la edad de nueve años, lo que no le impidió aficionarse al cine gracias a un proyector que intercambió por objetos que encontraba en la calle. Sin embargo, no tenía películas para proyectar, así que, rebuscando en la basura, pudo ir reuniendo fotogramas del primer largometraje que llegó a ver: “Blancanieves y los siete enanitos” (1937), una película que, a un director cuyos films siempre bordean el límite entre la realidad y la fantasía, le sirvió de gran influencia y, según el propio Polanski, la podemos ver reflejada en dos de sus primeras películas: “Repulsión” (1965) y “Callejón sin salida” (1966).

Andrzel Wajda
Tras la guerra, en mitad del régimen comunista y para eludir los tres años de servicio militar obligatorio, Polanski ingresó en la Escuela de Cinematografía de Lodz, lo que le sirvió para conocer al ahora galardonado director Andrzej Wajda y donde rodó un par de cortos mudos, algún documental y unos cuantos largometrajes. Allí conoció a su primera esposa, Barbara Lass, actriz en su película de final de carrera.

Su matrimonio estuvo plagado de infidelidades por parte de Polanski, alimentadas por su premisa de que la monogamia en ningún caso puede ser buena para la salud de una pareja y que genera un resentimiento latente que acaba arruinando la relación o, lo que es lo mismo, no quería serle fiel a su esposa y necesitaba un principio para justificarlo. Además, años después, el propio Polanski admitió que no se casó con Barbara por amor, sino simplemente por el gozo de poseer por esposa a una mujer tan hermosa.

Barbara Lass y Roman Polanski

Tras un año de matrimonio en Cracovia y otros dos en París, donde su esposa tenía varias ofertas de trabajo, Polanski regresó a Polonia para rodar la que sería su ópera prima: “El cuchillo en el agua” (1962), durante el rodaje de la cual, Barbara le escribió una carta pidiéndole el divorcio, y es que, ironías de la vida, ella le había estado siendo infiel en varias ocasiones, acabando enamorada de otro (o de otros).

 

El hombre que hizo cine, el cine que hizo al hombre

Para comprender al individuo, primero hay que comprender al director y viceversa. Y si hay dos cosas que fundamentan el cine de Polanski son, por un lado, su obsesión por las historias que se ubican en un espacio cerrado del que aparentemente no hay fácil escapatoria y, por otro, la irrupción de un elemento externo en la cotidianeidad de una zona de confort que llega para romper la calma y la rutina e imponer el caos. Pero hay un tercer fundamento, presente en los dos primeros, que considero el más importante en el estilo del director: el desarrollo de tramas que tratan el dominio de una parte y el sometimiento de la otra.

Polanski durante el rodaje de "El cuchillo en el agua"

Su ópera prima

“El cuchillo en el agua” nos ofrece como lugar sin escapatoria un barco en alta mar, donde un matrimonio en el que el marido es el dominante y la mujer la sumisa, tendrá como elemento ajeno a su entorno a un joven autoestopista al que casi atropellan con el coche antes de embarcar y al que invitan a pasar el día abordo para compensar las molestias. Nadie más que Polanski podría dirigir una película que incorpore todos estos elementos y que, una vez cohesionados, resulten en una muy buena obra de ritmo lento y suspense pausado, en la que la tensión se va apoderando del espectador con tanta flema como firmeza. Pese a la calidad que el film atesora, en Polonia no gustó ni a las autoridades ni a la prensa, cosa que complicó su distribución y, por ende, su llegada al público masivo, aunque tiempo después, tras su estreno internacional, ganó el Premio de la Crítica en el Festival de Venecia y fue nominada al Oscar a mejor película extranjera, que no ganó, pero que hizo que Polanski empezase a nombrarse en Hollywood.

carátula del DVD francés

La serie B que no lo fue

Gérard Brach
Su mujer lo acababa de dejar y su cinta no había tenido todavía su estreno internacional, por lo tanto, la película todavía no había dado frutos; así que, deprimido, sin esposa, sin dinero y sin trabajo, Polanski regresa a París y conoce a Gérard Brach, un guionista en paro con el que entabla una amistad que desemboca en la escritura del guion de una comedia absurda que nadie les quiso comprar. Sin embargo, el dúo logra financiación para un producto de terror de serie B que inmediatamente se pusieron a escribir para que Polanski lo dirigiese y que, muy a pesar de la productora, al final no resultó tan barato (ni tan malo) como ésta pretendía. Rodada en Londres, “Repulsión” (1965) se convirtió en la segunda película del director y, una vez más, contaba con muchos de los elementos que caracterizaban al cineasta.

Protagonizada por una esplendorosa Catherine Deneuve, la película es una radiografía de la esquizofrenia tan retorcida como deliciosa. En ella encontramos, como no podía ser de otra manera, un escenario cerrado donde se desarrolla la mayor parte de la historia, en este caso en un apartamento en el que una atmósfera opresiva sirve de vehículo para transmitir terror a través del retrato de una mujer sexualmente frígida que va enloqueciendo a medida que su odio a los hombres va creciendo.

Polanski y Deneuve durante el rodaje

De nuevo, aunque de forma menos explícita, encontramos los conceptos de dominio y sumisión y la eterna lucha entre ellos. Pese a los pocos recursos con los que contaba, Polanski logra un film excelente que gana el Oso de Plata en el Festival de Berlín, lo cual le abrió la puerta a poder rodar aquel guion cómico tantas veces rechazado.

cartel de "Repulsión"

La comedia más seria

El éxito de su anterior película le permitió desempolvar el guion que guardaba desde hacía dos años y que se tituló “Callejón sin salida” (1966), más conocido por su título original, “Cul-de-sac”. Un film en el que Polanski insiste en sus fundamentos básicos, presentando como escenario sellado un castillo en la costa británica en el que reside un matrimonio mediante el cual se nos ofrece la idea de dominio y sumisión, solo que en este caso intercambiando los roles entre la pareja, siendo la mujer, interpretada por Françoise Dorléac (hermana de Catherine Deneuve) la dominante y el excéntrico y afeminado marido, interpretado magistralmente por Donald Pleasance, el sometido. También incorpora el otro mecanismo recurrente en el cine del director, el del elemento externo, tercero en discordia, que llega para alterar la paz establecida, reflejado aquí mediante un gánster prófugo que se refugia en el castillo a la fuerza y que interpretó Lionel Stander.

Dorléac y Pleasance en una escena de "Cul-de-sac"

Aunque la película se plantea como una comedia absurda, ese tono es más bien una capa superficial, ya que persiste el deje recurrente del director, siendo su mano totalmente identificable a la hora de transmitir sensaciones profundas y oscuras que contrastan con el aparente género primordial del film.

 

El baile de Polanski

Tras el estreno de “Cul-de-sac”, el director se mudó a Londres, donde se entregó a una vida desenfrenada entre mujeres, discotecas y drogas, siempre sin despegarse de su colega Brach, junto al que coescribió el guion de la que sería su cuarta película y primera en color del cineasta: “El baile de los vampiros” (1967), una comedia de terror hoy en día considerada obra de culto que, aunque a todos los efectos sea una película británica, contaba con capital estadounidense proveniente de las arcas de la Metro Goldwyn Mayer, lo cual puso a film y a director directamente en el escaparate Hollywoodiense.

Roman Polanski y Jack MacGowran como la pareja de cazadores de vampiros

Para el reparto contó con un actor que había desempeñado un anecdótico rol secundario en su anterior film, Jack MacGowran, que aquí, en su papel de profesor loco, sería coprotagonista junto al propio Polanski, que se adjudicó el otro papel protagónico, el del tímido y torpe ayudante del profesor. El rol del antagonista sería para Ferdy Mayne como el conde vampiro regente del castillo, mientras que la damisela en apuros sería interpretada por una preciosa actriz que Polanski había conocido en las discotecas Londinenses y que hasta el momento solo contaba con tres films y una serie en su filmografía. Su nombre, Sharon Tate.

Sharon Tate y su peluca pelirroja en la famosa escena de la bañera

Sobra decir que en una película de vampiros, que tienen de por sí un poder hipnotizador que somete a sus víctimas antes y después de convertirlas, ya se cuenta con la presencia de uno de los temas favoritos del director como es el duelo entre dominio y sumisión, pero no solamente vemos esto a través del poder vampírico sobre sus víctimas, sino también mediante la propia relación de los protagonistas cazadores de vampiros, como son el profesor y su ayudante, así como en el matrimonio de los posaderos, que cuenta con un marido adúltero y una esposa autoritaria. A su vez, el castillo de los vampiros donde se celebra el baile y que cuenta con la pareja de protagonistas como invitados al principio y prisioneros al final, hace las veces de entorno cerrado, estableciendo así otra de las constantes del director, que cierra el círculo con el elemento ajeno que acaba con la hegemonía de la zona de confort y que aquí, inteligentemente, se refleja de forma invertida, siendo los protagonistas los extraños que irrumpen en el castillo y los vampiros los anfitriones que ven alterada su paz.

Ferdy Mayne como el Conde de Krolock

Una buena cinta que, pese a tener carencias, es siempre agradable y divertida de ver. Sin embargo, lo realmente importante de esta película para la carrera y la vida del director, más allá de haberle dado visibilidad en tierras estadounidenses, fue el hecho de iniciar durante su rodaje una relación con la actriz Sharon Tate, la que sería su segunda esposa y cuyo destino final cambiaría para siempre la vida del cineasta.

póster de "El baile de los vampiros"

 Sharon Tate, la belleza solitaria

Sharon Tate de niña
Nacida en Texas en 1943, hija de un coronel del ejército estadounidense y de una ama de casa, Sharon Marie Tate tuvo marcado el camino profesional desde que nació, ganando a la temprana edad de 6 meses el premio "Miss Tiny Tot of Dallas pageant", una especie de “Miss festividades de Dallas” para bebés. En su adolescencia ya participaba asiduamente en certámenes de belleza, ganando a los 16 años el título de “Miss Richland” y con la intención de competir al año siguiente en el certamen para “Miss Washington”, al que no pudo asistir porque su padre fue destinado a Italia, donde se instalaron; y es que, a causa del trabajo del militar, Sharon se mudaba tan frecuentemente que nunca pudo hacer amigos, creciendo como una chica introvertida, tímida y plagada de inseguridades pese a su deslumbrante belleza.

 

Primeros amores

Durante su estancia en Verona, estuvo compaginando los estudios con su trabajo como modelo fotográfica, con el que consiguió varias portadas en revistas. Tate comenzó también a aparecer como extra no acreditada en algunas películas, destacando siempre por su aspecto físico. El primero de esos films fue uno estadounidense que se rodó en suelo italiano: “Cuando se tienen veinte años” (1962), en el que actuaban, entre otros, Paul Newman, Ricardo Montalban, Susan Strasberg, Eli Wallach y Richard Beymer. Con este último mantuvo un romance que duró lo que tardó en finalizar el rodaje, pero Sharon lo añadió a su agenda y siguieron siendo amigos. No le iría mal un contacto en Hollywood.

Richard Beymer junto a la actriz

No fue hasta que regresaron a Estados Unidos en 1962 que la joven, ya instalada en Los Ángeles, logró tener un representante. Tras llamar a su nuevo amigo Richard Beymer, el actor le puso en contacto con su agente Harold Gefsky, que aceptó representarla también a ella y que, a su vez, le presentó al productor Martin Ransohoff, el cual le firmó un contrato de siete años con el que empezó rodando anuncios e interpretando pequeños papeles en series. Un periplo que la llevó a conocer al director francés Philippe Forquet, con el que llegó a comprometerse durante un destructivo noviazgo que acabó con Sharon ingresada a causa de sus heridas por los malos tratos que el cineasta le propinaba; un suceso que puso fin a la relación.

Philippe Forquet posando con Sharon

Al poco conoció al reconocido peluquero bisexual y estilista de la élite Hollywoodiense Jay Sebring, el cual se enamoró perdidamente de ella. Tuvieron un pequeño amorío hasta que él le pidió matrimonio y ella lo rechazó, alegando que el día que se casase dejaría de actuar y ahora quería centrarse en su carrera. Igualmente, siguieron siendo buenos amigos, tanto, que podría decirse que el peluquero se convirtió en el confidente de Tate.

Jay Serbing junto a Tate

En 1964, Sam Peckinpah le realizó a Sharon una prueba de cámara para la cinta “El rey del juego” (1965), pero no pasó el casting. El protagonista de la película era Steve McQueen, al que Sharon conoció durante las pruebas y con el que mantuvo una esporádica relación que derivó en una gran amistad. Curiosamente, dos años después, McQueen y Sebring se conocerían en el mítico local Whisky a Go Go de Sunset Strip, convirtiéndose a partir de ese momento, aparte de en estilista y cliente, en los mejores y más inseparables amigos.

Steve McQueen con Shaton tate y con Jay Serbing

 La modelo que logró ser actriz

Su timidez y su carácter retraído hicieron que le costase debutar en un papel importante, pero finalmente lo logró en 1965, cuando formó parte de un elenco estelar entre el que se encontraban Deborah Kerr, David Niven, Donald Pleasence y David Hemmings, para la película de terror “Ojo del diablo” (1966), que se rodó entre Londres y algunas localizaciones de Francia.

póster de "Ojo del diablo"

Su argumento trata sobre la práctica de un culto pagano relacionado con la brujería, conocido como la Wicca. Para prepararse para el papel, Sharon tuvo que iniciarse en dicho culto con la ayuda del Sumo Sacerdote y la Suma Sacerdotisa de la Wicca Alex y Maxine Sanders. Era como una premonición, ya que los cultos oscuros y las sectas paganas tendrían un papel determinante en el destino de la actriz. Por otro lado, y como curioso apunte anecdótico, el film, que nada tenía que ver con Polanski, trata el dominio que ejerce la bruja interpretada por Sharon Tate sobre los sometidos personajes de Niven y Kerr.

Tate interpretando a una bruja de la Wicca

Cuando Roman encontró a Sharon

Tras el rodaje, Sharon, que se quedó en Londres, comenzó a obtener visibilidad entre las grandes personalidades del cine y de la moda y comenzó a asistir a fiestas y discotecas frecuentadas por rostros conocidos. Fue en una de esas discotecas donde conoció a Roman Polanski, que le hizo una audición para su película “El baile de los vampiros” y que acabó escogiéndola para el papel, pese a que él tenía en mente a la pelirroja Jill St. John, lo cual generó que la rubia Tate rodase toda la película con una peluca bermeja. Un rodaje que originó que Polanski, de 33 años y ella, de 23, iniciaran un romance que culminó en una relación formal que llevó a Tate a mudarse al piso de Roman en Londres.

Sharon y Roman en una fiesta

Durante la filmación, el director le hizo a Tate algunos reportajes de fotos, totalmente al margen de la película, en los que la actriz aparecía desnuda o semidesnuda; unas fotografías que acabaron publicadas en la revista Playboy en 1967, algo que la puso en primera línea del panorama de actualidad y que Tate vio con buenos ojos, ya que fue apenas unos meses antes de los estrenos de “El baile de los vampiros” y de “Ojo del diablo”. Este último, pese a que se había estrenado en 1966 en Italia, no llegó a los cines de Estados Unidos hasta 1967 y a los del Reino Unido hasta 1968. Ella consideró, probablemente asesorada por Polanski, que su aparición en Playboy le proporcionaría una buena publicidad mediática.

una de las fotos tomadas por Polanski publicadas en Playboy

Fue por aquella época cuando la pareja regresó a Estados Unidos, donde Tate protagonizaría las películas “No hagan olas” (1967), con Tony Curtis, y “El valle de las muñecas” (1967), un film que la lanzaría al estrellato.

carteles de "No hagan olas" y "El valle de las muñecas"

Mientras tanto, Polanski preparaba su primera cinta totalmente estadounidense y, por lo tanto, su gran llegada a Hollywood. Era una película sobre sectas satánicas para la que él mismo había escrito el libreto basándose en la novela de Ira Levin. Un film catalogado de maldito que marcaría un antes y un después en su carrera y para el que el director quería a su novia en el papel principal.

La oscuridad se cernía sobre la pareja.


Mientras preparo la segunda parte de esta serie de artículos, dejo aquí las acostumbradas fotos de algunas de estas películas como parte de mi colección.

pack con "Cul-de-sac" y "Repulsión" y una edición de "El baile de los vampiros"

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